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domingo, 2 de febrero de 2020

Asterión relata la verdadera historia de “Teseo y el Minotauro”

Tal vez se trate de la criatura más trascendental de la mitología griega. El Minotauro, ese enorme hombre con cabeza de toro, el cual nació de la relación entre Pasífae (esposa del rey Minos) con el Toro blanco de Creta, siempre ha maravillado a muchos de los les interesan los seres bestiales. continuación, trataremos temas de su vida, y sobre el polémico mito de Teseo.

Al llegar al laberinto de Creta, se siente con intensidad el putrefacto olor a cadáver humano. Es obvio: ahí dentro vive El Minotauro, un personaje conocido por ser cruel y despiadado… o por lo menos, eso es lo que muchos han escuchado. Su nombre real es Asterión, y se dice que sólo come carne humana… por eso el fuerte aroma a muerte que se siente a varios metros de distancia.

Asterión, el Minotauro.
Después de caminar durante una mañana entera dentro del laberinto, se aparece ahí, una descomunal silueta de casi 4 metros de altura: es Asterión. “¿Quién se atreve a llegar hasta el interior de mi laberinto después de tantos de años?”, cuestiona el gigante. Yo sólo atino a responder: “Soy Iván, que vengo a hacerte una entrevista”. Después de unos minutos de incómodo silencio, el cuernudo animal asiente con su bestial cabeza, pero no sin antes preguntar: “¿Y…. para cuál medio sería la entrevista?”, yo sólo le digo “es para mi blog personal”.

– Asterión, antes que nada, ¿por qué vives acá dentro del laberinto, tan solo?
Me gusta la soledad. El laberinto es especial para mí. Nadie lo conoce mejor que yo. En él puedo recorrer, y encontrar con facilidad a mis curiosas víctimas. Ellos (las víctimas) no se ubican muy bien acá adentro. Se pierden en medio de la oscuridad del lugar. Así, me es muy sencillo interceptarlos, y molerlos a golpes y mordiscos.

– Pero, si es sólo a golpes y mordiscos, ¿por qué llevas armas contigo?
Es que no siempre es tan fácil. Ellos siempre vienen armados. Y nunca andan en solitario. Son criaturas cobardes, a los que les gusta luchar en superioridad numérica. Pero creo que casi nunca he tenido que usar las armas para vencer a un humano. Las armas las uso para enfrentar a los dioses y semi-dioses.

– ¿Y qué tal para enfrentar a… Teseo?
Ese mito me da mucha rabia. Todos creen que Teseo me venció. Pero eso es una gran mentira. Es más: Teseo jamás salió vivo de este laberinto. Eso sí, ha sido el único que ha logrado salir… o por lo menos parte de él. Me acuerdo que esa vez lo vencí y fui a lanzar su cabeza afuera del laberinto, para que todos la vieran. Causó un impacto muy grande entre la gente, que tenían la esperanza de que él me venciera… pero, ¿cómo iba a vencerme un simple humano? (responde entre carcajadas que hacen retumbar las paredes). Si algo tenían que inventar para no quedar humillados de esa forma…

– ¿Así que toda esa historia es una gran mentira?
Obvio. El humano es un ser arrogante por naturaleza. Se cree una especie superior, y no pueden ver que haya alguien que los derrote con tanta facilidad. Es cierto: Teseo tuvo una actitud heroica, pues entro solo, sin compañía, a pelear contra mí. Eran él y su espada contra el gran Asterión. Recuerdo que me dio un par de estocadas con su arma, antes de que se le quebrara, pues una simple espada es incapaz de penetrar mi dura piel. Después de que se le rompió la espada, en vez de arrancar, como lo habría hecho cualquier otro guerrero humano, decidió enfrentarme cuerpo a cuerpo. Me golpeó en forma incesante. Pero, para qué nos vamos con cosas: yo casi ni sentí sus golpes. Bastó sólo un puñetazo mío para arrancarle la cabeza de lleno…

 Y después de eso… ¿te lo comiste?
Claro, tenía hambre. Yo no almorzaba hace más de tres días. Pero ojo: dejé su cabeza, y su corazón, en señal de respeto. La cabeza la fui a tirar afuera del laberinto, donde lo esperaba toda esa gente embustera y mentirosa. El corazón de Teseo lo guardé para mí, como un trofeo de batalla.

– Ya han pasado varios miles de años desde ese acontecimiento ¿Aún guardas ese trofeo?
Naaaaa….. lo tuve ahí un tiempo, hasta que se pudrió. Después me lo tuve que comer también, pues tenía hambre. De ahí, pasó casi un año en que nadie volvió adentro del laberinto. Imagínate: él era su gran héroe, y murió casi con la misma facilidad con que murieron muchos otros, ¿que ganas iban a tener de volver a entrar al laberinto?

– ¿Y que comías durante ese período en que nadie entró?
Ese es mi mayor secreto: salía en las noches afuera del laberinto, a cazar. Nunca un humano me ha visto afuera del laberinto. O más bien: los pocos que me vieron afuera, nunca vivieron para contarlo. Me acuerdo que durante esas noches oscuras, rondaba por los campos e ingresé a una que otra casa, en busca de mi merienda. 

– Asterión: ¿te consideras un tipo malo?
Bueno no soy… para nada. Pero tampoco soy menos malo que muchos humanos. Sí, lo admito: soy un cazador. Para muchos, puedo ser un personaje que abusa de su tamaño y de su fuerza física. Pero jamás voy a hacer que se extingan los humanos, ni mucho menos. Humanos siempre habrán. Nunca voy a exterminarlos a todos, pues yo solamente mato para saciar mi hambre. Ellos matan por deporte, por entretención, esa es la diferencia. Ellos han extinguido especies enteras, las cuales nunca más van a volver a aparecer. Yo jamás haría algo así.

– ¿Te imaginas algún día viviendo en un lugar que no sea El laberinto del Minotauro?
NO. En verdad, no. Este es mi hogar, lo ha sido por miles de años. Conozco el bosque, las praderas, y en ninguna parte me he sentido como acá. Para mí, el laberinto es como la tela para una araña…

– Te entiendo: te sientes solo, a ratos…
Sí, pero trato de no pensar en eso. Yo soy un ser eterno, que viviré por siempre, y me aflige pensar que siempre estaré solo. Me gustaría tener hijos o algo así.

– ¿Y nunca te haz enamorado?
No creo en el amor. Soy un guerrero. Creo en el amor carnal, en el sexo, pero no en el amor de los sentimientos. Eso queda para ustedes, los humanos… ojalá que sepan cuidar y respetar ese sentimiento que sólo tienen ustedes. Ningún otro ser de la creación lo posee, sólo ustedes.

– Muchas gracias Asterión, en verdad fue una experiencia muy interesante que me prestaras algunos minutos, para poder compartir contigo.
No, el gusto es mío. Gracias por llamarme por mi verdadero nombre, “Asterión, ya que siempre todos sólo me conocen como “El Minotauro“. Ahhhhh, estás invitado cuando quieras a mi casa, a comernos un asadito de humano (entre carcajadas).

martes, 28 de enero de 2020

Asterión relata la verdadera historia de “Teseo y el Minotauro”

Tal vez se trate de la criatura más trascendental de la mitología griega. El Minotauro, ese enorme hombre con cabeza de toro, el cual nació de la relación entre Pasífae (esposa del rey Minos) con el Toro blanco de Creta, siempre ha maravillado a muchos de los les interesan los seres bestiales. continuación, trataremos temas de su vida, y sobre el polémico mito de Teseo.

Al llegar al laberinto de Creta, se siente con intensidad el putrefacto olor a cadáver humano. Es obvio: ahí dentro vive El Minotauro, un personaje conocido por ser cruel y despiadado… o por lo menos, eso es lo que muchos han escuchado. Su nombre real es Asterión, y se dice que sólo come carne humana… por eso el fuerte aroma a muerte que se siente a varios metros de distancia.


Asterión, el Minotauro.
Después de caminar durante una mañana entera dentro del laberinto, se aparece ahí, una descomunal silueta de casi 4 metros de altura: es Asterión. “¿Quién se atreve a llegar hasta el interior de mi laberinto después de tantos de años?”, cuestiona el gigante. Yo sólo atino a responder: “Soy Iván, que vengo a hacerte una entrevista”. Después de unos minutos de incómodo silencio, el cuernudo animal asiente con su bestial cabeza, pero no sin antes preguntar: “¿Y…. para cuál medio sería la entrevista?”, yo sólo le digo “es para mi blog personal”.

– Asterión, antes que nada, ¿por qué vives acá dentro del laberinto, tan solo?
Me gusta la soledad. El laberinto es especial para mí. Nadie lo conoce mejor que yo. En él puedo recorrer, y encontrar con facilidad a mis curiosas víctimas. Ellos (las víctimas) no se ubican muy bien acá adentro. Se pierden en medio de la oscuridad del lugar. Así, me es muy sencillo interceptarlos, y molerlos a golpes y mordiscos.

– Pero, si es sólo a golpes y mordiscos, ¿por qué llevas armas contigo?
Es que no siempre es tan fácil. Ellos siempre vienen armados. Y nunca andan en solitario. Son criaturas cobardes, a los que les gusta luchar en superioridad numérica. Pero creo que casi nunca he tenido que usar las armas para vencer a un humano. Las armas las uso para enfrentar a los dioses y semi-dioses.

– ¿Y qué tal para enfrentar a… Teseo?
Ese mito me da mucha rabia. Todos creen que Teseo me venció. Pero eso es una gran mentira. Es más: Teseo jamás salió vivo de este laberinto. Eso sí, ha sido el único que ha logrado salir… o por lo menos parte de él. Me acuerdo que esa vez lo vencí y fui a lanzar su cabeza afuera del laberinto, para que todos la vieran. Causó un impacto muy grande entre la gente, que tenían la esperanza de que él me venciera… pero, ¿cómo iba a vencerme un simple humano? (responde entre carcajadas que hacen retumbar las paredes). Si algo tenían que inventar para no quedar humillados de esa forma…

– ¿Así que toda esa historia es una gran mentira?
Obvio. El humano es un ser arrogante por naturaleza. Se cree una especie superior, y no pueden ver que haya alguien que los derrote con tanta facilidad. Es cierto: Teseo tuvo una actitud heroica, pues entro solo, sin compañía, a pelear contra mí. Eran él y su espada contra el gran Asterión. Recuerdo que me dio un par de estocadas con su arma, antes de que se le quebrara, pues una simple espada es incapaz de penetrar mi dura piel. Después de que se le rompió la espada, en vez de arrancar, como lo habría hecho cualquier otro guerrero humano, decidió enfrentarme cuerpo a cuerpo. Me golpeó en forma incesante. Pero, para qué nos vamos con cosas: yo casi ni sentí sus golpes. Bastó sólo un puñetazo mío para arrancarle la cabeza de lleno…

 Y después de eso… ¿te lo comiste?
Claro, tenía hambre. Yo no almorzaba hace más de tres días. Pero ojo: dejé su cabeza, y su corazón, en señal de respeto. La cabeza la fui a tirar afuera del laberinto, donde lo esperaba toda esa gente embustera y mentirosa. El corazón de Teseo lo guardé para mí, como un trofeo de batalla.

– Ya han pasado varios miles de años desde ese acontecimiento ¿Aún guardas ese trofeo?
Naaaaa….. lo tuve ahí un tiempo, hasta que se pudrió. Después me lo tuve que comer también, pues tenía hambre. De ahí, pasó casi un año en que nadie volvió adentro del laberinto. Imagínate: él era su gran héroe, y murió casi con la misma facilidad con que murieron muchos otros, ¿que ganas iban a tener de volver a entrar al laberinto?

– ¿Y que comías durante ese período en que nadie entró?
Ese es mi mayor secreto: salía en las noches afuera del laberinto, a cazar. Nunca un humano me ha visto afuera del laberinto. O más bien: los pocos que me vieron afuera, nunca vivieron para contarlo. Me acuerdo que durante esas noches oscuras, rondaba por los campos e ingresé a una que otra casa, en busca de mi merienda. 

– Asterión: ¿te consideras un tipo malo?
Bueno no soy… para nada. Pero tampoco soy menos malo que muchos humanos. Sí, lo admito: soy un cazador. Para muchos, puedo ser un personaje que abusa de su tamaño y de su fuerza física. Pero jamás voy a hacer que se extingan los humanos, ni mucho menos. Humanos siempre habrán. Nunca voy a exterminarlos a todos, pues yo solamente mato para saciar mi hambre. Ellos matan por deporte, por entretención, esa es la diferencia. Ellos han extinguido especies enteras, las cuales nunca más van a volver a aparecer. Yo jamás haría algo así.

– ¿Te imaginas algún día viviendo en un lugar que no sea El laberinto del Minotauro?
NO. En verdad, no. Este es mi hogar, lo ha sido por miles de años. Conozco el bosque, las praderas, y en ninguna parte me he sentido como acá. Para mí, el laberinto es como la tela para una araña…

– Te entiendo: te sientes solo, a ratos…
Sí, pero trato de no pensar en eso. Yo soy un ser eterno, que viviré por siempre, y me aflige pensar que siempre estaré solo. Me gustaría tener hijos o algo así.

– ¿Y nunca te haz enamorado?
No creo en el amor. Soy un guerrero. Creo en el amor carnal, en el sexo, pero no en el amor de los sentimientos. Eso queda para ustedes, los humanos… ojalá que sepan cuidar y respetar ese sentimiento que sólo tienen ustedes. Ningún otro ser de la creación lo posee, sólo ustedes.

– Muchas gracias Asterión, en verdad fue una experiencia muy interesante que me prestaras algunos minutos, para poder compartir contigo.
No, el gusto es mío. Gracias por llamarme por mi verdadero nombre, “Asterión, ya que siempre todos sólo me conocen como “El Minotauro“. Ahhhhh, estás invitado cuando quieras a mi casa, a comernos un asadito de humano (entre carcajadas).

Galería de imágenes: Minotauro









sábado, 25 de enero de 2020

Hipocentauro: el príncipe de los centauros

Se dice que los centauros eran excelentes cazadores y guerreros. Estas criaturas estaban provistas de una inteligencia y destreza humana, pero también de la velocidad de un corcel de carreras. Al ser mitad humano y mitad caballo podían aprovechar lo mejor de cada una de esas especies para llevar a cabo sus tareas cotidianas y bélicas.
 

En general eran seres belicosos, que trataban de penetrar en el bosque dominado por minotauros. Si bien poseían armas y corazas de acero, jamás lograban vencer a la fuerza bruta de los minotauros, quienes eran capaces de resistir el impacto de lanzas y dagas.
Un guerrero con mucho poder.
A través de los años, su impulso por adueñarse del llamado “bosque taurino” fue en aumento. Y cada vez eran más y más los centauros que se transformaban en víctimas de los minutauros, los cuales eran menos belicosos, pero a la vez muchísimo más destructivos cuando tenían que defenderse cuerpo a cuerpo.

Es así como la guerra entre minotauros y centauros se fue haciendo infructuosa para estos últimos: por cada minotauro muerto, perecían casi una decena de centauros. Ello era explicable por la descomunal potencia física de los minotauros, los cuales no necesitaban armas para tener que luchar con sus oponentes.

El “bosque taurino” era la causa de los enfrentamientos entre ambos bandos. De este lugar se podían obtener alimentos, ya que todos los árboles producían sabrosos frutos, ideales para la población eminentemente herbívora de centauros y minotauros. También, dicho bosque era sinónimo de seguridad, pues era un lugar muy recóndito y difícil de penetrar, por su abundante vegetación de plantas venenosas. Y quien lograra dominar ese territorio, era capaz de tener un bastión inexpugnable y también asegurarse no pasar hambrunas.

Un día apareció un centauro con una capacidad de liderazgo, fuerza física y una destreza en usar las armas que ningún otro centauro poseía. Pero este ser tenía una particularidad: si bien la mitad inferior de su cuerpo era la de un equino y la superior era humana (al igual que todos los centauros), su cabeza era de caballo y no de humano. Una extraña mutación que no dejaba de llamar la atención entre sus compañeros. Por eso, este mutante era conocido simplemente como “Hipocentauro”.

Dentro de los centauros iba tomando fuerza la idea de que fuera Hipocentauro quien los podría guiar a un triunfo sobre el ejército de minotauros, y que así de una vez por todas podrían apoderarse del bosque taurino. Hipocentauro se entrenaba con dureza: quería llegar a ser el mayor guerrero que haya existido y convertirse en el líder indiscutido de su pueblo.

Más que un guerrero, una leyenda.
Un día, Hipocentauro paseaba muy cerca del límite donde comenzaba el bosque taurino. Y, estimulado por un extraño instinto, se adentró en el frondoso paraje. Una vez ahí, de inmediato empezó a sentirse observado. Cada vez que avanzaba, con su elegante galopar, sentía que quien lo estaba mirando estaba más cerca. En eso se le aparece un joven guerrero minotauro. Hipocentauro saca su arma y lo encara. En eso, el minotauro le dice “no me ataques, tú no eres como el resto de los centauros”. Hipocentauro parece hacer caso omiso y se lanzó sobre el taurino, haciéndole un corte en el brazo. El minotauro rugió con fuerza, y le volvió a repetir “No me ataques, eres de los nuestros”.

Hipocentauro se extrañó y lo dejó hablar. “Tú no tienes ese lado humano de la codicia que poseen los centauros. Eres un ser diferente, un hipocentauro. En nuestro pueblo hay una antigua leyenda que dice que un día llegará un Hipocentauro, que va a tener más de animal que de humano, y que será el que va a unir a ambos pueblos. Nosotros los minotauros somos pacíficos, los centauros son los belicosos que quieren apoderarse de nuestro hogar. Lo que hacemos es defender lo que nos pertenece”, argumentó el joven minotauro.

En ese momento, Hipocentauro comprendió que estaba entrenándose para una guerra sin sentido: una guerra que no tenía motivo de existir y en la cual tampoco habían posibilidades de triunfo. Así que, en ese instante, decidió no volver adonde los centauros, pues jamás lograría convencerlos de lo contrario, ya que eran criaturas que necesitaban estar peleando siempre. Pero, para no sentirse un traicionero de su pueblo, tampoco se iría con los minotauros. De esa forma, partió a conocer nuevas tierras, nuevos horizontes, para vivir en paz, y alejado de las batallas entre culturas que no tenían el por qué ser enemigas entre sí.